La tía Nana, siendo joven y hermosa, tenía muchos pretendientes que la abuela Vicencia no había logrado ahuyentar. Según cuenta mi madre, la tía se iba los fines de semana a pasear, y el tío Lucho cortejaba a las chicas en las haciendas cercanas. Esto dejaba a mi madre y a la abuela Vicencia muchos días solas con los jornaleros, lo cual aumentó aún más, si eso era posible, el cariño entre ambas. La hacienda El Arbolito se sostenía mediante la venta de legumbres como trigo, porotos, arvejas y queso. Pero, sobre todo, destacaba por la venta de vino, aguardiente y chicha de manzana. La viñera tenía una uva negra, dulce y jugosa. La producción de vino, que ocurría en el alambique durante la noche, era famosa en Millantú, atrayendo compradores de otras haciendas.
El lagar, del tamaño de una habitación pequeña, con una zaranda encima, era donde los tíos zapateaban para extraer el vino de forma artesanal. La viña también albergaba árboles de manzanas, y a lo lejos se encontraba la laguna donde mi madre se bañaba todos los días. Debido a su cercanía con los animales, contrajo varicela a temprana edad, y tuvieron que raparle la cabeza. En esa época, el bisabuelo quedó ciego porque le cayó burusa de trigo en el ojo, y nunca se la quitó, perdiendo gradualmente la vista. La negativa a trasladarse a Los Ángeles, donde había especialistas que podrían tratarlo, fue la causa de esta dolencia. Mi madre tenía entre tres y cuatro años en ese entonces.
¿Millantú? Me pregunto cómo sería el lugar y trato de buscar información, pero no encuentro la descripción del pueblo y sus alrededores. Me conformo con lo que veo en los mapas virtuales; 70 años después de esta historia, solo existe un caserío con una plaza, alrededor de unas 300 casas como máximo y, a kilómetros en todas las direcciones, solo la soledad austral.