Entre cerezos y recuerdos

Mi madre murió un 26 de diciembre, tenía 78 años, era chilena y sus recuerdos más agradables se centraban en su infancia. Antes de entrar en la fase final de la Enfermedad de Parkinson, me contó parte de esa infancia que tanto recordaba. Me extraña un poco la claridad de mi madre para recordar estos detalles, pero todo forma parte de un relato sin mayores pretensiones así que lo cuento tal cual ella lo evoca.  Esta es su historia.

Eran los años cuarenta en Millantú, provincia de Chile, y solo se oía el ruido del despertar en la Hacienda El Arbolito; una gran variedad de pajaritos que habita en la geografía chilena como los zorzales, pájaros carpinteros y lechuzas, el ruido del agua entre las piedras del río que pasa cercano a la hacienda, los gallos cantando, anunciando el amanecer, los jornaleros ordeñando las vacas y sacando los bueyes para comenzar la faena de arado de un nuevo día.

Los jornaleros eran trabajadores que pasaban por la zona buscando una pega diaria y campesinos que vivían en casas cercanas a la hacienda; algunos de ellos se quedaban en improvisadas camas cerca del fogón de la cocina buscando calor y a las cuatro de la madrugada después del ordeño de todos los días despertaban a mi madre para que se tomara medio litro de leche directo de la vaca en un jarro de lata que servía de taza, y luego la volvían a acostar.

A las nueve de la mañana la despertaban, otra vez,  para tomar el desayuno que le preparaba la abuela que consistía en un quesillo recién hecho con tortillas preparadas sobre las cenizas y café con leche. Así empezaba mi madre su faena particular que consistía en jugar con una pelota de trapo que los tíos le habían hecho. Esa pelota representó su niñez, la ausencia de los padres, el olvido del campo, y no la soltó jamás porque después de tantos años sigue en su recuerdo con mucha lucidez. 

Otra de sus diversiones era lanzar piedras a las gallinas, gansos, y pavos y salir corriendo cuando estos se molestaban; seguir a la mamá gallina con sus pollitos, y tratar de quitarle la famosa pelota a los perros cuando estos decidían que ya estaba bueno de tanto martirio diario. "Recuerdo lo suave que era", me decía mientras en su mente se encontraba de nuevo rodeada de los animalitos de la Hacienda El Arbolito. 

Después de tan ardua labor al mediodía la llamaban para el almuerzo, para después volver a montarse en el árbol de cerezos a comer las primeras cerezas de cada cosecha. El día terminaba a las nueve de la noche dependiendo de si mi madre había comido o no conejo, puesto que la abuela le prohibía dormir con ella si había cometido tal fechoría. La Hacienda El Arbolito era propiedad de los padres del abuelo de mi madre y estos se la heredaron al morir; vivían en ella los abuelos Vicencia y Adonaí.

En los recuerdos de una niña, esa casa era enorme y cada cierto tiempo los temblores obligaban a sus habitantes a dormir apretujados en la cocina, que era la única parte de la casa que no era de madera sino de bloque y cemento. Recuerdos del gran terremoto del año 1949 cuando mi madre tenía por aquella época seis años, todavía se resiste a olvidar el susto en la noche al sentir el movimiento, la imposibilidad de mantenerse en pie y la urgencia de correr como pudo hasta la cocina para resguardarse. 

Además de mis bisabuelos, vivían en El Arbolito, la tía Ana Luisa, bautizada como “Nana” por mi madre, y el tío Luis, conocido como “Lucho” por sus parientes. Ellos Ana Luisa y Luis, eran solo dos de los ocho hijos que tuvieron Vicencia y Adonai, que por ser los menores todavía vivían en la casa materna. El resto de los hijos había emigrado a otros campos o a la ciudad y cada cierto tiempo visitaban a sus padres. 

Mamá recuerda claramente a sus familiares y así me los va presentando. Entre los hijos que se fueron a la ciudad se encontraban el tío Rupertino, quien trabajaba en la fábrica de telas de Chiguayante;  la tía Rausinda, conocida como “Chinda”, quien vivía en su propia hacienda en el pueblo de Santa Fe, una estación de tren más allá de Millantú; el tío Ernesto, quien trabajaba en su propia parcela cerca de la hacienda; el tío Genaro quien vivía en la población de Los Ángeles, y que también había hecho una pequeña fortuna con la crianza de animales; y mención aparte por su importancia se encontraban mi abuela materna, Lidia, quien vivía en la población de Chiguayante, y el tío Juan, quien se había casado también en Chiguayante. 

Se va haciendo hora de tomar la tercera dosis de Carbidopa-Levodopa, está cansada y dejamos el relato de Millantú para un nuevo día. Me prometió contarme la historia de sus años escolares, ya lejos de la abuela, y cómo fue esa separación. Su cara se transforma, el temblor del Parkinson apareció, y Millantú quedó atrás. A veces pienso, tomar leche de vaca sin tratar, estar en contacto con la hacienda y los animales, y me pregunto: ¿cuántas personas que crecieron como ella desarrollaron la Enfermedad de Parkinson?

Con el permiso de su autor el señor Alfredo Navarro Recabal, quien con una amabilidad propia de chilenos, me permitio utilizar una de sus hermosas fotografías, les presento  a Millantú, ciudad de Chile. Su trabajo completo lo pueden ver en el siguiente enlace:  https://www.flickr.com/photos/alfredo_navarro/49532787317/in/photostream/


                                               

Voces del Pasado: Anécdotas y Lecciones de la Hacienda

Me dedico hoy a esperar que todo salga bien, que pase el temblor, que pueda volver a hablar y que los recuerdos nos lleven nuevamente a una época más feliz. En la escritura siempre hay edición; nos permite borrar aquello que solo pertenece al que escribe o simplemente lo que no creemos que se pueda entender. Pero en la vida, solo es posible escribir la página siguiente sin mayor pretensión que esperar que el nuevo capítulo sea mejor que el anterior.
Todos los años, por la época de Navidad, llegaba al campo una pareja de tíos que venían de la ciudad. Lidia y Silverio se llamaban; los acompañaba una niña más pequeña con la que jugaba mi madre, su nombre era Norma. Nunca le llevaban nada especial, pero la esposa del tío Juan, Elsa, que también venía de Chiguayante a pasar las fiestas, le llevaba a mi madre un vestido para el estreno de Navidad. El cariño entre ambas perduró toda su vida. Más tarde, ella sabría la verdad sobre esta pareja de “tíos” que visitaban la Hacienda El Arbolito.
En retrospectiva, mi madre opina que esta fue la mejor época de su vida. La protección de la abuela-madre, la laguna, la pelota y hasta el madrugonazo para tomar leche representan sus mejores recuerdos, y la veo llorar solo con pensar en ellos. Entre sus recuerdos, mi madre agradece a sus tíos por el respeto y el cuidado que le prodigaron. Siendo una niña en la soledad del campo, ella entiende que Dios la protegió.
Se había ganado el cariño de los jornaleros con sus ocurrencias. Cuando veía que estaban comiendo y no le daban a ella, les decía “come, come boca”, o como cuando, tras oír alguna historia triste o preocupada de alguno de ellos, les decía “qué le vamos a hacer, pues”. Mi madre conoce una cantidad de cuentos de espantos, anécdotas, fábulas y mitos que escuchaba de los tíos y a los trabajadores sentados frente al fogón de la cocina, cantando: “ya se secó el arbolito donde dormía el pavo real, tendrá que dormir en el suelo, como cualquier animal”.
Entre estas ocurrencias está también la de probar a hurtadillas una bebida llamada Pitarrilla Dulce, una especie de chicha que se obtiene de la uva recién refregada, consiguiendo una borrachera que la obligó a sentarse en su banquito y pelear con los tíos y primos por el cariño singular de la abuela. Tanto recuerda mi madre esta experiencia que nunca más intentó nuevamente sentir los efectos de la embriaguez.
A los siete años le dieron la noticia, la primera que impactaría en su vida: aquellos extraños “tíos” eran en realidad sus padres. Debido a su edad y a la ausencia de escuelas cerca de la hacienda, debía irse a vivir con ellos a Chiguayante para comenzar a estudiar. Mi abuela Lidia se había ido de la hacienda cuando se casó con mi abuelo Silverio, y como a mi abuelo no le gustaba el campo, decidieron irse a vivir a Chiguayante, donde funcionaba por esos días una gran fábrica de telas llamada “Caupolicán”, en la cual se empleaban casi todos los campesinos que abandonaban sus tierras.
Además de aquella noticia, la sorprendió saber que era gemela y que, a su hermano por ser varón, le daban la mayor parte de la leche materna. Eso explica la decisión a los siete meses de dársela a la abuela Vicencia para que la criara. Enriquito, su hermano, no sobrevivió; al año, se murió de pulmonía. Además de él, ya antes habían muerto otros dos hermanos de enfermedades relacionadas con el pulmón, Julio y Mónica, a quien le decían “motita de algodón” por lo hermosa que era. Tras perder de manera espontánea otros embarazos, nace mi madre y, tres años después, mi tía Norma.

No hay evidencia científica sólida que establezca una relación clara y directa entre los embarazos fallidos en la madre y el desarrollo de la enfermedad de Parkinson en uno de sus hijos. Tampoco hay evidencia o correlación entre gemelos y enfermedad de Parkinson, pero las investigaciones todavía son inconclusas mientras no exista una cura para la enfermedad.


Explorando Conexiones Inesperadas: Herpes Zoster y la Enfermedad de Parkinson

¿Podría un virus microscópico tener un papel clave en una enfermedad que afecta a millones en todo el mundo? Hay pocos estudios con respecto a la relación probable entre el virus que causa el Herpes Zoster, la familia Varicellovirus que incluye a la Varicela, y la Enfermedad de Parkinsón. Las enfermedades neurodegenerativas plantean uno de los mayores desafíos en la medicina contemporánea, ya que su origen sigue siendo en gran medida desconocido, lo que limita la disponibilidad de tratamientos efectivos para frenar su progresión. Trastornos devastadores, como el Parkinson, generan una carga significativa tanto para los pacientes como para sus familias. Recientemente, surge la posibilidad de que el virus del Herpes Zoster sea una causa potencial y ha revitalizado el interés en la búsqueda de conexiones virales en otras enfermedades neurodegenerativas.

Este enfoque ha llevado a la exploración de la influencia potencial de virus y bacterias en el desarrollo de estas patologías, abriendo nuevas líneas de investigación en la ciencia médica. En medio de esta complejidad, descubrir la causa subyacente de estas enfermedades se ha convertido en uno de los mayores desafíos en la investigación científica actual. La enfermedad de Parkinson involucra neuroinflamación y una disminución en la función de las neuronas dopaminérgicas. Esto lleva a cambios en el funcionamiento del sistema inmunológico. De manera similar, el Herpes Zoster implica inflamación y cambios inmunológicos, especialmente en personas mayores.

Un estudio basado en cohortes realizado en 2017 observó un aumento en la incidencia de la enfermedad de Parkinson en personas mayores de 65 años que contrajeron el Herpes Zoster. La asociación fue especialmente notable en los primeros tres meses después de desarrollar el Herpes Zoster. Este hallazgo sugiere una posible conexión entre ambas enfermedades, enfatizando la importancia de evaluar a los pacientes mayores con Herpes Zoster en busca de signos de la enfermedad de Parkinson, especialmente en las primeras etapas del Herpes Zoster.

Cuando la conclusión es "causa desconocida" significa que no es realmente concluyente y que pasaran años otra vez para que vuelvan a realizarse investigaciones en este sentido. Que complejo de grandeza puede tener un ser humano para que un microscópico ser comprometa su existencia. Digo, no es concluyente, pero así somos.

Fuentes:

https://www.news-medical.net/health/Herpes-Virus-and-Parkinsons-Disease.aspx


La vida en Millantú

Sigo escribiendo la historia de mi madre como una forma de aliviar su partida y encontrar alguna respuesta. Cuando escribimos estas líneas todavía hablaba bien e incluso tenía intacto un sentido del humor muy de ella. Cuenta mi madre que los tíos no soportaron la difícil situación en el campo chileno de esa época. No había luz eléctrica ni agua potable, los baños eran simples pozos sépticos, y no había una escuela cercana. Tenían que trasladarse a caballo hasta la estación de tren más cercana en Millantú. A pesar de las dificultades, en la hacienda tenían una vitrola que la tía Nana había comprado. 

La tía Nana, siendo joven y hermosa, tenía muchos pretendientes que la abuela Vicencia no había logrado ahuyentar. Según cuenta mi madre, la tía se iba los fines de semana a pasear, y el tío Lucho cortejaba a las chicas en las haciendas cercanas. Esto dejaba a mi madre y a la abuela Vicencia muchos días solas con los jornaleros, lo cual aumentó aún más, si eso era posible, el cariño entre ambas. La hacienda El Arbolito se sostenía mediante la venta de legumbres como trigo, porotos, arvejas y queso. Pero, sobre todo, destacaba por la venta de vino, aguardiente y chicha de manzana. La viñera tenía una uva negra, dulce y jugosa. La producción de vino, que ocurría en el alambique durante la noche, era famosa en Millantú, atrayendo compradores de otras haciendas.

El lagar, del tamaño de una habitación pequeña, con una zaranda encima, era donde los tíos zapateaban para extraer el vino de forma artesanal. La viña también albergaba árboles de manzanas, y a lo lejos se encontraba la laguna donde mi madre se bañaba todos los días. Debido a su cercanía con los animales, contrajo varicela a temprana edad, y tuvieron que raparle la cabeza. En esa época, el bisabuelo quedó ciego porque le cayó burusa de trigo en el ojo, y nunca se la quitó, perdiendo gradualmente la vista. La negativa a trasladarse a Los Ángeles, donde había especialistas que podrían tratarlo, fue la causa de esta dolencia. Mi madre tenía entre tres y cuatro años en ese entonces.

¿Millantú? Me pregunto cómo sería el lugar y trato de buscar información, pero no encuentro la descripción del pueblo y sus alrededores. Me conformo con lo que veo en los mapas virtuales; 70 años después de esta historia, solo existe un caserío con una plaza, alrededor de unas 300 casas como máximo y, a kilómetros en todas las direcciones, solo la soledad austral.

Volvemos a parar de escribir y de hablar, mi madre está cansada hoy. No dejo de pensar en la varicela y su relación con la Enfermedad de Parkinsón. Debo revisar que investigaciones existen.

Veneno Silente: El Enigma entre Pesticidas y Parkinsón

El vínculo entre el uso de pesticidas y la enfermedad de Parkinsón ha sido objeto de amplia investigación, y la literatura científica señala esta conexión en más de 37,900 artículos. Incluso estudios españoles han indicado que el estómago podría ser el punto de inicio de esta enfermedad neurodegenerativa. A pesar de la evidencia acumulada a lo largo de los años, las acciones para reducir el uso de pesticidas a nivel mundial han sido limitadas. Incluso científicos españoles demostraron ya hace unos años esta premisa, encontrando que el punto de inicio de la enfermedad sería el estómago.

En el año 2022, la Organización Mundial de la Salud (OMS) emitió declaraciones respecto a la necesidad de mantener la producción de alimentos para hacer frente al crecimiento poblacional, indicando que el 80% del aumento proyectado provendría de aumentos en el rendimiento de cultivos. Sin embargo, la OMS también subraya la preocupación constante sobre los efectos de la exposición a pesticidas en seres humanos y el medio ambiente.

A pesar de estas preocupaciones y evidencias científicas, el presidente de la Unión Mexicana de Fabricantes y Formuladores de Agroquímicos enfatiza la importancia de la agricultura comercial. No obstante, la falta de acciones significativas para reducir el uso de pesticidas plantea interrogantes sobre cómo abordar este problema de manera efectiva. 

La relación entre el uso de pesticidas y plaguicidas y la enfermedad de Parkinsón ha sido objeto de investigación, y algunos estudios han sugerido una asociación entre la exposición a estos productos químicos y un mayor riesgo de desarrollar la enfermedad de Parkinsón. Sin embargo, es importante señalar que la relación exacta y los mecanismos subyacentes aún no se comprenden completamente, y la investigación en este campo continúa.

Algunos estudios epidemiológicos han observado una mayor incidencia de la enfermedad de Parkinsón en trabajadores agrícolas y personas que han estado expuestas crónicamente a pesticidas. Algunos pesticidas, como el paraquat y el maneb, han sido objeto de atención en la investigación debido a sus posibles vínculos con la enfermedad de Parkinsón.

El sistema nervioso central, y en particular las neuronas dopaminérgicas en el cerebro, se cree que juega un papel crucial en el desarrollo de la enfermedad de Parkinsón. Algunos estudios sugieren que la exposición a ciertos pesticidas podría aumentar la vulnerabilidad de estas neuronas, desencadenando o contribuyendo al desarrollo de la enfermedad.

No obstante, se necesita más investigación para comprender completamente la relación entre el uso de pesticidas y plaguicidas y la enfermedad de Parkinsón, y para identificar los factores específicos que podrían estar involucrados. Además, otros factores genéticos, ambientales y de estilo de vida también pueden desempeñar un papel en la susceptibilidad a la enfermedad de Parkinsón. Es importante señalar que el manejo adecuado y seguro de los pesticidas, así como la adopción de prácticas agrícolas sostenibles, son fundamentales para reducir el riesgo de exposición y proteger la salud humana y ambiental.

Fuentes consultadas:

  • https://es.statista.com/grafico/28391/nivel-de-uso-de-plaguicidas-en-los-paises-europeos-en-kilogramos-por-hectarea-de-tierra-agricola/
  • https://www.elsevier.es/es-revista-revista-medica-clinica-las-condes-202-articulo-actualizacion-en-la-enfermedad-de-S0716864016300372
  • https://adiariocr.com/salud/cientificos-demuestran-relacion-entre-pesticidas-y-parkinson/
  • Chat GPT 3.5