Voces del Pasado: Anécdotas y Lecciones de la Hacienda

Me dedico hoy a esperar que todo salga bien, que pase el temblor, que pueda volver a hablar y que los recuerdos nos lleven nuevamente a una época más feliz. En la escritura siempre hay edición; nos permite borrar aquello que solo pertenece al que escribe o simplemente lo que no creemos que se pueda entender. Pero en la vida, solo es posible escribir la página siguiente sin mayor pretensión que esperar que el nuevo capítulo sea mejor que el anterior.
Todos los años, por la época de Navidad, llegaba al campo una pareja de tíos que venían de la ciudad. Lidia y Silverio se llamaban; los acompañaba una niña más pequeña con la que jugaba mi madre, su nombre era Norma. Nunca le llevaban nada especial, pero la esposa del tío Juan, Elsa, que también venía de Chiguayante a pasar las fiestas, le llevaba a mi madre un vestido para el estreno de Navidad. El cariño entre ambas perduró toda su vida. Más tarde, ella sabría la verdad sobre esta pareja de “tíos” que visitaban la Hacienda El Arbolito.
En retrospectiva, mi madre opina que esta fue la mejor época de su vida. La protección de la abuela-madre, la laguna, la pelota y hasta el madrugonazo para tomar leche representan sus mejores recuerdos, y la veo llorar solo con pensar en ellos. Entre sus recuerdos, mi madre agradece a sus tíos por el respeto y el cuidado que le prodigaron. Siendo una niña en la soledad del campo, ella entiende que Dios la protegió.
Se había ganado el cariño de los jornaleros con sus ocurrencias. Cuando veía que estaban comiendo y no le daban a ella, les decía “come, come boca”, o como cuando, tras oír alguna historia triste o preocupada de alguno de ellos, les decía “qué le vamos a hacer, pues”. Mi madre conoce una cantidad de cuentos de espantos, anécdotas, fábulas y mitos que escuchaba de los tíos y a los trabajadores sentados frente al fogón de la cocina, cantando: “ya se secó el arbolito donde dormía el pavo real, tendrá que dormir en el suelo, como cualquier animal”.
Entre estas ocurrencias está también la de probar a hurtadillas una bebida llamada Pitarrilla Dulce, una especie de chicha que se obtiene de la uva recién refregada, consiguiendo una borrachera que la obligó a sentarse en su banquito y pelear con los tíos y primos por el cariño singular de la abuela. Tanto recuerda mi madre esta experiencia que nunca más intentó nuevamente sentir los efectos de la embriaguez.
A los siete años le dieron la noticia, la primera que impactaría en su vida: aquellos extraños “tíos” eran en realidad sus padres. Debido a su edad y a la ausencia de escuelas cerca de la hacienda, debía irse a vivir con ellos a Chiguayante para comenzar a estudiar. Mi abuela Lidia se había ido de la hacienda cuando se casó con mi abuelo Silverio, y como a mi abuelo no le gustaba el campo, decidieron irse a vivir a Chiguayante, donde funcionaba por esos días una gran fábrica de telas llamada “Caupolicán”, en la cual se empleaban casi todos los campesinos que abandonaban sus tierras.
Además de aquella noticia, la sorprendió saber que era gemela y que, a su hermano por ser varón, le daban la mayor parte de la leche materna. Eso explica la decisión a los siete meses de dársela a la abuela Vicencia para que la criara. Enriquito, su hermano, no sobrevivió; al año, se murió de pulmonía. Además de él, ya antes habían muerto otros dos hermanos de enfermedades relacionadas con el pulmón, Julio y Mónica, a quien le decían “motita de algodón” por lo hermosa que era. Tras perder de manera espontánea otros embarazos, nace mi madre y, tres años después, mi tía Norma.

No hay evidencia científica sólida que establezca una relación clara y directa entre los embarazos fallidos en la madre y el desarrollo de la enfermedad de Parkinson en uno de sus hijos. Tampoco hay evidencia o correlación entre gemelos y enfermedad de Parkinson, pero las investigaciones todavía son inconclusas mientras no exista una cura para la enfermedad.


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